A propósito de las venideras elecciones municipales en Venezuela, pautadas para
el 27 de julio, quiero compartir un par de reflexiones, que bien deberían considerar
y evaluar los ciudadanos a la hora de acudir a las urnas.
En primer lugar, quiero hablar de lo que debe ser la filosofía de lo que debe ser
gobernar. El alcalde, el gobernador, el presidente es un ciudadano más a los que
la los electores le dan la responsabilidad de gerenciar y administrar. ¿Por qué me
refiero a esto? Por las malas prácticas implementadas por muchos de nuestros
gobernantes, y que si queremos un cambio, toca hacer las cosas diferentes.
Vemos con preocupación, ese culto a una persona que se ha venido observando
en las últimas décadas, donde los funcionarios deben uniformarse con franelas
cuya estampa o símbolo es la cara de los gobernantes locales. No puede ser que
bienes estadales como una ambulancia u otro que preste servicio a la comunidad,
tenga que llevar el nombre de la persona que administra esos recursos, sea a
nivel nacional, regional o municipal. Esa oda al personalismo, a la egolatría debe
acabarse.
Lo que si pueden promocionarse son los distintos programas gubernamentales,
pero no a una persona en particular. Utilizar a trabajadores público para ponerle
en una franela el nombre del alcalde o del gobernante de turno, eso simplemente
va contra la dignidad humana. En la mal llamada Cuarta República, eso era un
delito, era peculado de uso.
En segundo lugar, es menester recordar que el gobierno municipal es el más
cercano a los ciudadanos. Los alcaldes y concejales son quienes están a cargo de
la gestión directa de nuestros municipios; son ellos quienes deciden sobre:
seguridad ciudadana, servicios esenciales como recolección de basura,
mantenimiento de calles y vías principales, parques, espacios públicos, en algunos
casos, como en nuestro municipio Sucre, los principales centros de salud, como el
Hospital Ana Francisca Pérez de León I y II, entre otros asuntos de interés para la
comunidad.
Ciertamente la participación cívica en Venezuela se ha visto bajo la sombra de la
desconfianza y que ha nublado el panorama electoral; pero realmente los más
perjudicados en todo esto somos los ciudadanos de a pie.
Muchos sienten que sus voces no han sido escuchadas, que los resultados no
reflejan la voluntad popular y que el sistema ha sido manipulado. Es una realidad
palpable que ha sembrado frustración y apatía en el corazón de la nación. Sin
embargo, ante las próximas elecciones del 27 de julio, donde elegiremos a
nuestros alcaldes y concejales, es crucial recordar que el voto sigue siendo una
herramienta poderosa, una luz de esperanza en medio de la oscuridad.
Es comprensible la desconfianza. La historia reciente nos ha enseñado lecciones
difíciles y ha puesto a prueba nuestra fe en las instituciones. Pero la inacción, la
abstención, solo perpetúa el ciclo de descontento. Al no votar, cedemos
nuestro poder a otros, renunciando a la oportunidad de influir en el rumbo de
nuestras comunidades.
Por ello, como demócrata insisto en que el voto es un acto de soberanía, es la
expresión más pura de nuestra ciudadanía, el derecho y la responsabilidad que
tenemos de elegir a quienes nos representarán. Aunque el camino sea cuesta
arriba y los desafíos inmensos, cada voto cuenta, cada voto suma. No se trata
solo de elegir a un candidato, sino de reafirmar nuestro compromiso con la
democracia, por imperfecta que sea.
Sabemos que la confianza se ha erosionado, pero la única forma de reconstruirla
es a través de la participación activa. El 27 de julio, tienes la oportunidad de enviar
un mensaje claro: que los venezolanos no se rinden, que siguen creyendo en el
poder de su voz y que están dispuestos a luchar por un futuro mejor, municipio por
municipio.


